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El primer frío

La primera mañana fría de octubre: un baúl que huele a naftalina, un suéter que mi mamá jura haber tejido y la caja de objetos perdidos de la escuela.

Foto: Chris Penny · CC BY 2.0

El lunes amaneció frío. No frío de verdad, no como en Tijuana, donde Rodrigo dice que en invierno se le congela el parabrisas, sino frío de Oaxaca: once grados a las seis de la mañana, el ladrillo del patio helado bajo los pies descalzos y ese vapor que sale de la boca cuando una abre la puerta para sacar la basura. Me quedé un momento en la banqueta, con la bolsa en la mano, viendo mi propio aliento como si fuera una novedad. Cada año es una novedad. Cada año se me olvida que esto también llega.

Mi mamá, que siente el frío antes que el termómetro, ya estaba sentada en la orilla de su cama con el rebozo puesto encima del camisón. Me dijo: «Ya saca los suéteres». Lo dijo con el tono con el que antes me decía que ya me levantara para ir a la escuela, y yo obedecí con la misma cara.

El baúl

Los suéteres viven de marzo a octubre en un baúl de madera que está al pie de mi cama. Fue de mi abuela, tiene una cerradura que no cierra desde hace cuarenta años y una mancha de cera en la tapa que nadie sabe de qué vela es. Cuando lo abro, la casa entera se entera: sale un olor a naftalina tan fuerte que la gata de la vecina, que se asoma por la barda, se baja de un brinco.

Fui sacando todo sobre la cama. Mis suéteres de la escuela, los grises y los azul marino, que ya tienen bolitas en los codos. Una chamarra de mezclilla de Daniel que él dejó y yo me apropié. Dos bufandas que nunca uso porque en Oaxaca nunca hace tanto frío como una se imagina en octubre. Y hasta abajo, doblado en una bolsa del súper, un suéter café de estambre grueso, con trenzas al frente y un botón distinto a los demás.

Se lo llevé a mi mamá. Lo tomó con las dos manos, le pasó el pulgar por las trenzas, por el borde de las mangas, por el botón distinto, y me dijo: «Este lo tejí yo».

Y era verdad. Lo tejió en Ejutla, el invierno en que yo entré a la Normal, con un estambre que compró en el mercado de los jueves. Me acuerdo porque lo estrené el primer día de clases y me picaba tanto el cuello que me lo quité en el camión. Lo que no sabía es que ella se acordara. Ya no se acuerda de si se tomó la pastilla de la presión, pero se acuerda del punto. Se lo puse en los hombros, encima del rebozo, y se quedó así toda la mañana, como una señora que se fue de viaje y regresó con las dos cosas puestas.

La caja de los perdidos

En la escuela, el primer frío se nota en la entrada. De un día para otro, los niños de cuarto llegan forrados: suéteres del uniforme, chamarras de sus hermanos mayores, una sudadera de los Guerreros que le queda a Ángel como vestido. A las once, cuando sale el sol y el patio se calienta, se los quitan todos al mismo tiempo, como si alguien hubiera dado una orden, y los avientan donde caen. A la una y media nadie sabe cuál es de quién.

Para eso existe la caja de los perdidos. Es una caja de plátanos que está en la dirección, debajo del garrafón, y en octubre se llena en una semana. Ayer la directora me pidió que la revisara, porque «usted tiene buena letra», que es lo que me dicen siempre que hay un trabajo que nadie quiere. Me senté en la sala de maestros con un plumón negro y la caja en las piernas.

Dieciséis suéteres azul marino, todos iguales, ninguno con nombre. Una gorra de estambre con orejas de oso. Un guante solo, rosa. Un suéter que, por el tamaño, sólo podía ser de un niño de primero y, por el olor, de un niño que come muchas mandarinas. Fui revisando etiquetas, costuras, bolsillos. En uno encontré una canica. En otro, un papelito doblado que decía «Te quiero mamá» con la letra de alguien que acaba de aprender a hacer la eme.

Ese lo aparté. Escribí en la etiqueta, con el plumón, «1° B», y lo llevé yo misma al salón. La maestra Cristina lo levantó en el aire y una niña de trenzas pegó un grito como si le hubieran devuelto un perro. No dijo nada del papelito. Yo tampoco.

En la tarde

Cuando regresé a la casa, mi mamá seguía con el suéter café en los hombros. Le había dado el sol del corredor toda la tarde y ya casi no olía a naftalina; olía a ella, que es otra cosa. Me preguntó si yo tenía frío. Le dije que no. Se quitó el suéter de todos modos y me lo extendió, con los brazos estirados, igual que hace treinta y tantos años en la puerta de la casa de Ejutla.

Me lo puse. Me sigue picando el cuello. Me lo dejé hasta la hora de cenar.

Escrito por

Valentina Torres

  • 52 años
  • Maestra de primaria
  • Oaxaca de Juárez, Oaxaca

Escribo despacio, entre cuadernos por calificar y macetas por regar. Más sobre mí →