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Mi madre y la lluvia

Las tardes de septiembre en el corredor: mi mamá desgranando frijol bajo el aguacero y nombrando, sin dudar, cada planta del patio.

Foto: sarahstierch · CC BY 2.0

En Oaxaca, en septiembre, la lluvia tiene horario. Llega a eso de las cinco, cuando ya regresé de la escuela, comí y lavé los trastes. Primero se oscurece el cerro del Fortín, luego se levanta un viento que huele a tierra caliente y al final cae de golpe, como si alguien hubiera volteado una cubeta sobre el patio. Mi mamá la anuncia antes que nadie. Dice: «Ya viene», y siempre tiene razón, aunque ya no se acuerde de qué día es.

Mi mamá se llama Amparo y tiene ochenta años. Vive conmigo desde hace dos, desde que se cayó en su casa de Ejutla y ya no fue prudente dejarla sola. Ocupa el cuarto de abajo, el que da al patio, porque las escaleras ya no son para ella y porque, me dijo cuando llegó, quería ver las plantas. Es la única petición que me ha hecho en todo este tiempo.

El corredor

Tengo un corredor techado que da a un patio pequeño, de piso de ladrillo, con macetas de todos los tamaños. Hay geranios, una bugambilia que trepó sola hasta la azotea, un limonero que da limones chiquitos y amargos, hierbabuena, epazote, una sábila enorme que fue de mi abuela y un rosal que nunca termina de convencerse. En temporada de lluvias todo eso se pone escandaloso de verde. Las hojas brillan, los caracoles salen a pasear por las macetas y el ladrillo cambia de color, de un rojo pálido a un rojo oscuro, casi de vino.

Por las tardes saco dos sillas al corredor. Mi mamá se sienta con un plato hondo de frijol en las piernas para desgranar, o con una canasta de ejotes, o con nada; a veces sólo con las manos juntas. Yo reviso cuadernos. La lluvia hace tanto ruido en la lámina que no hace falta platicar, y eso es un descanso para las dos.

Lo que se queda

Hay cosas que mi mamá ya no sabe. Me pregunta varias veces en la tarde dónde está Rodrigo, y yo le digo que en Tijuana, y ella dice «qué lejos», cada vez con la misma sorpresa. Hay días en que me llama por el nombre de su hermana. Al principio la corregía. Ahora contesto como si fuera mi tía Rosa, que era una mujer muy simpática, y la plática no pierde nada.

Pero las plantas no se le olvidan. Eso es lo que más me asombra. Mira el patio y nombra cada una sin titubear, y no sólo el nombre: también para qué sirve. La hierbabuena para el dolor de estómago, el epazote para los frijoles y para las lombrices, la sábila para las quemaduras, la ruda (que no tengo y que me reclama) para el mal aire. Un martes, mientras llovía fuerte, señaló una mata que yo había dado por hierba mala y me dijo que era chepil, que la dejara crecer, que con eso se hacen tamales. Tenía razón. Yo llevaba meses arrancándola.

Ese sábado hicimos tamales de chepil. Bueno: los hice yo, y ella me fue diciendo todo lo que estaba haciendo mal, con una precisión que ya quisiera para recordar qué desayunó. Me reí tanto que se me cortó la masa.

A veces pienso que la memoria de mi mamá es como el patio en septiembre: hay cosas que el agua se lleva y otras que crecen más fuertes que nunca, y una no escoge cuáles. Cuando deja de llover, ella se levanta despacio, se sacude el delantal y dice: «Ya se fue». Luego entra a su cuarto a ver la novela, y yo me quedo un rato en el corredor, oyendo cómo escurren las canaletas, con el plato de frijol a medio desgranar en la silla de al lado.

Escrito por

Valentina Torres

  • 52 años
  • Maestra de primaria
  • Oaxaca de Juárez, Oaxaca

Escribo despacio, entre cuadernos por calificar y macetas por regar. Más sobre mí →