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La bugambilia y la azotea
Llevaba meses diciendo que iba a podar la bugambilia. Este sábado subí con tijeras y guantes, y mi mamá, desde el corredor, tenía otros planes.

La bugambilia lleva meses en mi lista de pendientes. No en una lista de verdad, de papel, sino en esa que una repite en voz alta cada vez que pasa junto al problema: «Ya tengo que podar esa bugambilia». Lo he dicho en junio, cuando empezó a meterse entre las láminas del corredor; en agosto, cuando una rama me arañó la cara al tender, y en septiembre, cuando las canaletas se taparon de hojas y el agua de las cinco de la tarde se desbordó sobre las macetas de mi mamá como una cascada de hotel.
Nadie la sembró ahí. Mi abuela tenía una en Ejutla y alguien, hace muchos años, trajo un esqueje en una lata de chiles. Lo puse en una maceta junto a la pared del fondo y se me olvidó. La bugambilia no se olvidó de nada: subió por el muro, cruzó el barandal de la escalera y llegó a la azotea, donde ahora vive como una vecina que ya no paga renta.
El sábado de las tijeras
Este sábado ya no llovió. En Oaxaca, a mediados de octubre, las tardes se quedan quietas de golpe y el cielo se pone de ese azul limpio que dura hasta marzo. Me pareció una señal. Saqué las tijeras de podar que me regaló Rodrigo hace tres navidades, todavía con el cartón puesto, unos guantes de carnaza que eran de mi papá y una gorra de la escuela que dice «Semana de la Lectura 2019». Subí a la azotea por la escalera de caracol que nadie usa, con la determinación de una mujer que se ha prometido algo demasiadas veces.
Mi mamá se sentó en su silla del corredor, abajo, con un vaso de agua de jamaica. Yo pensé que iba a mirar. No iba a mirar: iba a dirigir.
—Esa no —dijo, antes de que yo cortara la primera rama.
—¿Por qué no?
—Porque ya va a echar flor. ¿No ves las puntitas?
Me agaché a ver. Tenía razón. En la punta de casi todas las ramas había unos botoncitos apretados, de un morado todavía verdoso, como pellizcos. Las bugambilias florean cuando se acaban las lluvias; lo sé desde niña y se me había olvidado, como se le olvidan a una las cosas que no le toca recordar porque siempre hubo alguien más que las recordaba.
La negociación
Pasamos la siguiente hora en una negociación que habría impresionado a cualquier sindicato. Yo, desde arriba, señalaba una rama; mi mamá, desde abajo, decía «esa sí» o «esa no» con una autoridad que ya no tiene para casi nada más. Dos veces me preguntó qué estaba haciendo yo en la azotea. Las dos veces le dije que podando la bugambilia, y las dos veces me contestó «ya era hora», como si la idea fuera mía y le pareciera muy buena.
Al final corté sólo lo que tapaba la canaleta y lo que se había metido entre las láminas. Un bulto de ramas del tamaño de una oveja, que bajé arrastrando por la escalera y que dejó un rastro de hojitas secas hasta la puerta de la calle. Lo demás se quedó. La bugambilia sigue ocupando media azotea, pero ahora, por lo menos, el agua tiene por dónde bajar.
Entre las ramas encontré un nido. Pequeño, de pajitas y hilos de colores, abandonado desde quién sabe cuándo. Uno de los hilos era rojo y tenía toda la pinta de ser del estambre que usamos en la escuela para las manualidades del Día de las Madres. No sé cómo llegó hasta aquí. Lo bajé con cuidado y se lo di a mi mamá, que lo tuvo un rato en la palma de la mano sin decir nada y luego lo puso en la repisa de su cuarto, junto a la Virgen de la Soledad.
El dibujo de Daniel
En la noche, ya bañada y con los brazos llenos de rasguños, subí al cuarto de Daniel, el de la tabla de planchar. Entre los dibujos que dejé pegados en la pared cuando por fin me animé a ordenar hay uno de la fachada de esta casa, visto desde la banqueta de enfrente, que hizo cuando tenía quince años. Ahí está la bugambilia: una matita apenas, asomándose por encima de la barda, con cuatro flores dibujadas a lápiz y coloreadas con un plumón morado que ya se despintó.
Le mandé una foto del dibujo y otra de la azotea, sin explicación. Contestó a la media hora: «¿Qué le pasó a la casa?». Le dije que nada, que así es como crecen las cosas cuando una no las está viendo. Me mandó un emoji de risa y luego otro mensaje: «No la cortes toda, ma. Me gusta».
No la corté toda. En unas semanas la azotea va a estar morada, y mi mamá se va a sentar en su silla a mirarla como si la hubiera sembrado ella, que en cierto modo es verdad.


