coro · música
La voz de en medio
Dieciocho años cantando de contralto en el coro de mi parroquia, donde nadie tararea tu parte y, sin embargo, todos la necesitan.

Nadie sale de misa tarareando la voz de contralto. La gente se lleva la melodía, que es de las sopranos, y si acaso el bajo de don Isauro, que retumba en las bancas como camión de carga. Lo nuestro, lo de las altos, queda en medio: rellenando, sosteniendo, haciendo que el acorde suene completo sin que nadie sepa bien por qué. Llevo dieciocho años cantando ahí y me sigue pareciendo un lugar muy cómodo para estar en el mundo.
El coro ensaya los jueves a las siete y media en un salón detrás de la sacristía, con sillas de plástico de distintos colores y un armonio que alguien donó en los años setenta y que tiene dos teclas que ya no suenan. El maestro Efrén, que dirige el coro desde antes de que yo llegara, conoce las teclas muertas de memoria y las rodea al tocar, como quien esquiva un bache que lleva años en la misma calle. Somos catorce cuando vamos todos, que es casi nunca.
Aprender a no oírse
Cuando entré, me costó muchísimo. Yo venía de cantar sola en la cocina, que es donde todas cantamos la melodía, y de pronto tenía que sostener una línea que no se parecía a ninguna canción. Me sentaban junto a doña Chela, soprano desde los quince años, y en cuanto ella abría la boca yo me iba detrás de su voz como un perro detrás de una bicicleta. El maestro Efrén paraba, me miraba por encima de los lentes y decía: «Valentina, usted no es eco». Me daban ganas de no regresar.
Regresé porque mi mamá me contó que la primera vez que hizo tortillas se le quemaron todas, lo cual no es un argumento musical, pero funcionó. Con los años aprendí un truco que no me enseñó nadie: taparme un oído con la mano, discretamente, como si me acomodara el arete. Así me escucho por dentro y no me pierdo. Ahora veo a las nuevas hacer lo mismo y no les digo nada; cada quien descubre su arete.
La boda del sábado
El sábado pasado cantamos en una boda. Las bodas dejan un poco de dinero para el fondo del coro, que este año se va a ir en arreglar las dos teclas. Los novios habían pedido el Ave María de Schubert y, además, una canción de Juan Gabriel para la salida, que el maestro Efrén arregló a cuatro voces con una cara de resignación que nos hizo reír durante tres ensayos seguidos.
A la mitad del Ave María, la soprano que iba a hacer el solo se quedó sin voz. Una gripa de las de junio, de las que llegan con las primeras lluvias. Hubo un segundo terrible en que el armonio siguió solo. Y entonces doña Chela, sin que nadie se lo pidiera, tomó la melodía, y nosotras, las altos, nos acomodamos debajo de ella como se acomoda una en una cama conocida. Nadie en las bancas se dio cuenta. La novia lloró, pero creo que lloraba desde antes.
Al salir, mientras la gente aventaba arroz, Lupita, que canta a mi lado, me dijo: «Ni se notó, ¿verdad?». Y eso es exactamente lo que hacemos las de en medio: que no se note. Me fui caminando a la casa por Macedonio Alcalá, con los zapatos de tacón en la mano y la canción de Juan Gabriel pegada en la cabeza, en mi parte, que es la que nadie va a tararear nunca.


