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Los cuartos de arriba
Una Semana Santa sin mis hijos, dos cuartos que ya no sé cómo llamar y una tabla de planchar que por fin encontró su lugar.

Mi casa tiene dos cuartos arriba que durante veinte años se llamaron «el de Rodrigo» y «el de Daniel». Ahora no sé cómo llamarlos. Mi mamá les dice «los de los muchachos», como si los muchachos fueran a bajar a cenar en cualquier momento. Yo, cuando subo a tender o a buscar algo, me descubro diciendo «el de la ventana» y «el del ropero», que son nombres de muebles y no de personas, y eso ya dice bastante.
Rodrigo se fue a Tijuana hace cuatro años, a trabajar en una maquiladora de aparatos médicos; ahora es supervisor de algo que me ha explicado varias veces y que todavía no entiendo del todo. Daniel se fue a la Ciudad de México a estudiar diseño y se quedó, como se quedan casi todos. Los dos llaman los domingos. Rodrigo llama temprano, antes de su turno, y me cuenta el clima como si fuera noticia: hoy hubo neblina, mamá, no se veía nada. Daniel llama en la noche, casi siempre desde la calle, y oigo los camiones detrás de su voz.
La Semana Santa de este año
Ninguno de los dos pudo venir. No me lo dijeron al mismo tiempo, pero sí la misma semana, y con la misma pena en la voz, una pena que reconozco porque yo la usaba con mi mamá cuando no podía ir a verla a Ejutla. Les dije que no se preocuparan. Lo dije de verdad, aunque luego colgué y me quedé un rato sentada en la orilla de la cama.
El Jueves Santo fui a visitar los siete templos con mi comadre Lupita, como cada año. Caminamos de Santo Domingo a la Soledad, de ahí a San Felipe Neri, y en algún momento, entre la gente, el olor a cera y las nieves de la Soledad, me di cuenta de que llevaba horas sin pensar en la casa vacía. Luego llegué y la casa seguía igual de vacía, pero yo ya venía cansada, que es otra forma de estar tranquila.
Lo que hice con los cuartos
El sábado subí con la idea de ordenar. Llevaba bolsas negras y la determinación de una mujer que ha visto demasiados programas de televisión. En el cuarto de Rodrigo encontré un póster de los Guerreros de Oaxaca que se está despegando de una esquina, un trofeo de oratoria de la secundaria y una caja de cables que no conectan nada que yo conozca. En el de Daniel, dibujos. Muchos dibujos. Cuadernos enteros de caras, de manos, de la fachada de esta casa vista desde la banqueta de enfrente. Me senté en el piso a verlos y se me fue la tarde.
No tiré nada. Bajé las bolsas negras vacías y las volví a doblar.
Lo que sí hice fue subir la tabla de planchar al cuarto de Daniel, porque tiene la mejor luz de la casa en la mañana, y poner en el de Rodrigo el tendedero de ropa interior para los días de lluvia. Ahora plancho las batas de la escuela junto a la ventana, con el radio en la estación de música ranchera que a Daniel le daba tanta vergüenza, y de vez en cuando levanto la vista hacia los dibujos que dejé pegados en la pared.
No es que los cuartos sean otra vez de alguien. Es que ya no están esperando. Hay una diferencia, y me tomó cuatro años notarla.
El domingo llamó Rodrigo. Le conté lo de la plancha. Se quedó callado un segundo y luego dijo: «Está bien, mamá, pero no me quites el póster». Le prometí que no. Y no lo voy a quitar, aunque se termine de caer.


