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La composición de Brandon
Una tarea sencilla de enero, un niño muy callado y la caja de una camioneta rumbo a la Central de Abasto a las cinco de la mañana.

Cada enero, cuando regresamos de vacaciones, les pongo a mis alumnos de cuarto la misma tarea: escribir sobre un lugar donde se sientan contentos. No les pido que sea bonito ni lejano. Les digo que puede ser un rincón de su casa, la tienda de la esquina, el regazo de una tía. Lo hago desde hace tantos años que ya sé, más o menos, lo que va a llegar: la playa de Puerto Escondido que conocieron una vez, el cuarto con el videojuego, la casa de la abuela en Tlacolula. Casi siempre aparece un perro.
Este año Brandon escribió sobre la caja de la camioneta de su papá.
Brandon es de esos niños que se sientan en la tercera fila, ni hasta adelante ni hasta atrás, como quien no quiere molestar a nadie. Tiene la letra apretada y borra mucho; sus cuadernos tienen esas manchas grises de goma que dejan los que dudan. En las juntas, su mamá me pregunta siempre si se porta bien, y yo le digo que sí, que se porta demasiado bien, y ella no sabe si es un elogio o una queja. A veces yo tampoco.
Las cinco de la mañana
Su composición ocupaba una hoja y media. Contaba que los sábados su papá lo despierta cuando todavía está oscuro para ir a la Central de Abasto a surtir jitomate y chile de agua para el puesto. Que él se sube atrás, entre las cajas vacías, envuelto en una cobija que huele a gasolina. Que el aire de la madrugada en Oaxaca es frío aunque ya esté por salir el sol, y que cuando pasan por el Periférico se acuesta boca arriba y ve los cables de luz moverse como si fueran las líneas de un cuaderno. Escribió: «Ahí nadie me pregunta nada y yo voy pensando mis cosas».
Leí esa frase tres veces en la mesa del comedor, con el café ya frío. Pensé en todas las veces que le he preguntado cosas a Brandon delante de sus compañeros, con la mejor intención, para que participe, y en cómo se le ponen rojas las orejas antes de contestar.
Al día siguiente le pedí permiso para leerla en voz alta. Me miró como si le hubiera pedido prestado un zapato. Le dije que no era obligatorio. Lo pensó toda la mañana y, ya en el recreo, se acercó a mi escritorio y me dijo que sí, pero que no dijera su nombre. No lo dije. Leí la composición despacio y el salón se quedó en ese silencio raro que no se consigue gritando. Cuando terminé, Ángel, que es el más inquieto, levantó la mano para preguntar si las cajas de jitomate pesan mucho. Brandon contestó desde su lugar, sin levantar la mano: «Las llenas sí». Todos se rieron, y él también.
Lo que una aprende tarde
Veintisiete años dando clases y todavía me sorprende lo poco que sé de lo que pasa dentro de mis alumnos. Una cree que los conoce porque sabe quién se come el lonche antes del recreo, quién tiene a la mamá en Estados Unidos, quién se sabe las tablas y quién las adivina. Pero luego llega una hoja y media con faltas de ortografía y te enseña que un niño de nueve años tiene un lugar propio, con cables de luz y olor a gasolina, donde piensa sus cosas.
No sé qué cosas piensa Brandon. No se lo voy a preguntar. Le corregí «cobija», que había escrito con v, y le puse en la esquina una estrellita verde, de las que ya casi no uso porque los de cuarto dicen que son para los chiquitos. Me devolvió la hoja al final de la semana, sin la estrellita: la había recortado con cuidado y pegado en la portada de su cuaderno de español.
Desde entonces, cuando tengo que preguntarle algo, me acerco a su banca y se lo pregunto bajito. Contesta igual de rápido que los demás. A veces mejor.


