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El molino de la calle Mina
Un kilo de cacao tostado en el comal, mi mamá dictando las medidas de memoria y una tarde de olor a chocolate en un molino del centro de Oaxaca.

En mi casa, el chocolate de Muertos siempre lo hizo mi mamá. No el que se compra en tablillas envueltas en papel, sino el suyo: cacao del mercado de Ejutla, tostado en su comal, llevado al molino en una bolsa de manta y regresado a la casa convertido en una pasta tibia que ella palmeaba sobre la mesa hasta hacer tabletas. Cada año, a mediados de octubre, la cocina de Ejutla olía a eso durante una semana. Yo creía que así olía el otoño en todas partes.
Desde que vive conmigo no lo hemos hecho. El año pasado compré chocolate en una tienda del centro y ella lo probó, lo dejó en la taza y dijo: «Está bueno». Lo dijo con la cortesía con que se habla de la comida de las vecinas. Este año, el lunes, con el primer frío todavía metido en los ladrillos, decidí que lo íbamos a hacer nosotras.
El comal
El martes, saliendo de la escuela, pasé al mercado de la Merced y le compré a una señora de Tuxtepec un kilo de cacao. Los granos venían opacos, color de tierra seca, y sonaban en la bolsa como una sonaja. Se los puse a mi mamá en las piernas. Metió la mano, sacó un puño, se lo acercó a la nariz y dijo: «Este está bueno. Pero hay que tostarlo despacito, que se amarga».
Lo tostamos en el comal de barro, el que sólo uso para las tlayudas. Yo moviendo los granos con una cuchara de palo; ella, sentada junto a la estufa en una silla que arrastré desde el comedor, oyendo. Porque el punto del cacao, según mi mamá, no se ve: se oye. Cuando empiezan a tronar bajito, como palomitas que no se atreven, ya casi están. Cuando huele a brownie, ya se pasaron. Ella no dijo brownie, dijo «a quemado dulce», pero yo entendí.
Después hay que pelarlos calientes. La cascarita se desprende sola si una aprieta el grano entre los dedos, y si se enfría ya no hay manera. Nos sentamos en el corredor con el cacao en una charola y un plato hondo para las cáscaras. Yo me quemé las yemas de los dedos en los primeros cinco granos. Ella, con sus manos de ochenta años, los pelaba más rápido que yo y sin soplar, como si el calor fuera un asunto que no le concierne.
Las medidas
El jueves, en el taxi rumbo al centro, con la bolsa de manta en las piernas como si lleváramos un bebé, le pregunté cuánta azúcar se le pone. Me lo dijo sin pensar: por cada kilo de cacao, un kilo de azúcar, y la canela «que se vea». Luego, a la altura de la iglesia del Carmen, me preguntó a dónde íbamos. Le dije que al molino. Dijo: «Ah, qué bueno, porque ya tengo el cacao tostado». Y me apretó la bolsa.
Los molinos de la calle Mina se huelen desde dos cuadras antes. Es un olor que no se parece al del chocolate de las tiendas; es más grueso, más de semilla, con algo de humo. Adentro hay una fila de molinos de metal pintados de verde, con su banda de cuero dando vueltas, y unos señores de mandil que reciben las bolsas, las pesan y escriben el nombre de una en un papelito. El que nos tocó se llamaba don Abel. Le dije las medidas de mi mamá. Él la miró a ella, no a mí, y le preguntó: «¿Con almendra, señora?». Mi mamá dijo que no, que la almendra es para los de México. Don Abel se rió como quien ya ha oído eso muchas veces y le dio la razón.
Primero muele el cacao solo, y sale una pasta oscura, brillante, que cae en una charola como lodo caliente. Luego la regresa al molino con el azúcar y la canela, dos veces, tres. Cada vuelta la pasta sale más clara y más suave. Mi mamá no le quitó los ojos de encima. En la tercera vuelta dijo «ya», y don Abel apagó el molino sin discutir.
Las tabletas
Regresamos con la pasta en una bolsa de plástico, tibia como un animal dormido. En la mesa de la cocina extendí papel encerado y mi mamá se lavó las manos dos veces, que es lo que hace cuando algo le importa. Tomaba una bola de pasta, la ponía sobre el papel y la aplanaba con la palma, dando golpecitos con el canto de la mano hasta dejarla redonda y parejita. Yo hacía las mías al lado. Las suyas quedaban como monedas; las mías, como mapas de algún país con problemas fronterizos.
Salieron treinta y una. Mi mamá las contó dos veces y luego las repartió con el dedo, sin tocarlas: estas para Rodrigo, estas para Daniel, estas para el altar, estas para nosotras. A Rodrigo le tocaron más porque «en Tijuana hace frío». Le dije que sí, que mucho.
Las dejamos secar toda la noche sobre la mesa, mientras yo me iba al ensayo del coro oliendo a canela. Hoy en la mañana, antes de irme a la escuela, bajé a verlas. Ya estaban duras, opacas, con ese polvito claro que les sale al secar. En una de las suyas, la de en medio, se quedó marcada completa la huella de un pulgar. Esa no la voy a mandar a nadie.


